Estambul, Turquía

 

El recién estrenado camarero limpia con esmero las mesas, coloca las sillas y corta bruscamente la carne kebab. Sin quererlo, muestra la torpeza propia del dueño de la empresa, hace pocos meses que es él quien atiende su único local. Abu Hasan al Adnan era el propietario de una de las cadenas de restaurantes más populares de Damasco. Ali Baba, un grupo de hostelería valorado en tres millones de dólares, reunía 18 restaurantes, salas de fiestas y empleaba a más de setenta trabajadores. Pero la guerra arrasó toda su fortuna y Abu Hasan empieza de cero en un barrio de Estambul.

Vestido con una elegante camisa, perfectamente afeitado y con unos modales exquisitos, este sirio de cincuenta y cinco años se derrumba en su pequeño local. “No me queda ni un sólo centavo de mis restaurantes, villas, coches y propiedades”, lamenta, “el gobierno se ha quedado con todas mis posesiones y mis ahorros”. Mientras abre y cierra una refinada pitillera de piel, relata sus memorias. En marzo de 2011 varios de sus trabajadores se unieron a las manifestaciones contra el régimen. “Pronto los servicios secretos vinieron a mi casa a pedirme explicaciones”, espeta.

Durante cuatro meses, recibió presiones, amenazas e incluso fue detenido e interrogado. También fue víctima de “palizas y torturas”, revela. “Hubo una caza de brujas contra los empresarios”. Su hija y su mujer huyeron a Jordania y, días más tarde, Abu Hasan decidió abandonar el país. Condujo su coche “de 200.000 dólares” en dirección a Líbano. “En la frontera fui a un cajero para sacar el máximo de mis ahorros, pero cuando metí la tarjeta la máquina se la tragó. Llamé al manager de mi banco y me recomendó que me fugara porque los servicios secretos me estaban esperando en la sucursal”. Así, el dueño de Ali Baba huía para siempre con tan sólo 1.000 dólares en el bolsillo.

De multimillonario de éxito a refugiado emprendedor

Sentados en una de las cuatro mesas del nuevo establecimiento, Abu Hasan rompe a llorar cuando habla de su hija. “Hacía meses que le había comprado un collar valorado en 30.000 dólares”, explica. “Cuando les llamé por teléfono desde Beirut, Halla (su hija) se ofreció a venderlo… Nunca podré olvidarlo… Gracias a ese dinero, 50.000 dólares, pude abrir mi primer Ali Baba en Beirut”. Sin embargo, los servicios de inteligencia, muy próximos a Damasco, continuaron presionando y entorpeciendo el desarrollo de su nuevo restaurante.

Cinco meses más tarde, compañeros de negocios le recomendaron mudarse a Estambul. Le contaron que Turquía daba muchas facilidades para “volver a empezar”, para aquellos que querían abrir una empresa. “Si alguien llega a Turquía con 10.000 dólares, por ejemplo, no puede comenzar un negocio, pero existe la posibilidad de asociarse con un turco adinerado”. Y así es como Abu Hasan abrió su primer restaurante Ali Baba en el barrio Fatih de Estambul. “Un turco habilitó el local por 35.000 dólares y yo le pago cada mes 1.700 dólares por la reforma. A parte, pago al propietario del local 870 dólares de alquiler”.

De esta manera, el capital de los refugiados emprendedores ha nutrido en los últimos años la economía de Turquía, los sirios son ahora el principal inversor extranjero. En 2015, 1.148 empresas se han registrado por sirios de las 3.533 que se abrieron con capital extranjero, según La Cámara de Comercio y Materias Primas de Turquía (TOBB por sus siglas en turco). En los últimos 3 años, los sirios han establecido 2.894 compañías. “Puedes empezar, incluso, sin registrar la sociedad”, explica Abu Hasan, “los sirios tenemos tres meses de margen para probar si el negocio funciona. Si tenemos suerte, vamos al notario y pagamos las tasas”.

Los comerciantes de Siria en el exilio han fijado sus tiendas, fábricas o locales en distintas zonas del país. Quienes han mantenido sus ventas a Damasco u otras ciudades de Siria se han establecido en las zonas de la frontera, como Gaziantep o en Mersin, una ciudad costera que cuenta con un puerto comercial. En cambio, los que han preferido localizarse en Estambul o Ankara se centran en abastecer la demanda de los más de dos millones de refugiados sirios que ahora viven en Turquía y que probablemente se quedarán cuando la guerra termina.


Los refugiados ricos, una cuestión de identidad

Abu Hasan camina erguido por la calle Fevsi Pasa del barrio Fatih, donde se han asentado gran parte de los más de 330.000 sirios que residen en Estambul. A pesar de los reveses de los últimos años, no ha perdido el gesto espigado de hombre de bien. “¡Salam Aleikum! ¡Salam, salam!” (Saludo musulmán), saluda a los vecinos del barrio. “Me estoy haciendo un hombre conocido en la zona. Todos saben quien soy. Mi intención es abrir, por lo menos, doce restaurantes en toda la ciudad”.

La familia vive ahora en un piso de unos 100 m2, un hogar modesto “para lo que nosotros estábamos acostumbrados”, explica su hija. Sin embargo, están bien posicionados en la nueva ciudad gracias a los contactos de la mujer de Abu Hasan, una antigua miembro del Parlamento y una ginecóloga de renombre en Damasco. Ella ahora trabaja en una clínica para sirios, tiene un cargo importante y un buen salario.

Sobre el sofá roído, padre e hija aseguran que adaptarse a la nueva vida “ha sido muy difícil”. Perder la popularidad y la fama, los privilegios de tener un apellido conocido, es el principal apuro al que se enfrentan los refugiados adinerados. Padecen una crisis de identidad, tienen que volver a reconocerse después de perder el entorno que les hacía ser quien eran. Es por eso que Abu Hasan no considera emigrar a Europa, “ahí no seríamos nadie. Por lo menos en Turquía hay un ambiente musulmán en el que me muevo con más facilidad”. La hija lo compara con “una caída al vacío” pero asegura que “ha sido bueno para mí porque. Ahora soy más sensible a la gente pobre”.   

“Fue muy duro adaptarme”, dice Abu Hasan, “mi abuelo fundó el primer Ali Baba en Damasco. Incluso se reunió con De Gaulle cuando éramos una colonia francesa…”, explica orgulloso. Desde su nuevo salón de estar, rodeado de paredes desconchadas, muebles viejos y ropa mojada, el padre de familia recuerda los primeros días en el exilio: “Tuve que dejar de fumar cuando llegué, no tenía dinero para cigarrillos y me daba vergüenza pedir. (…) Estoy dispuesto a ir ahora mismo a Siria, no me importa morir. Pero todo cambió cuando amenazaron a mi mujer y a mi hija. Preferí perderlo todo antes que perderlas a ellas. Ellas son mi verdadero honor, y no mi fortuna”.
 

     Pilar Cebrián - +34 639 162 439 - pil.cebrian@gmail.com

 

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