Recorrido por una Gaza en ruinas

Franja de Gaza.

 

 

Fadi rebusca impaciente entre los escombros que hay sobre el suelo. Ayudado de un trozo de ladrillo, retira piedras y restos de tierra en lo que hace tan solo unos días era su supermercado, un pequeño local de alimentación en el barrio de Beit Hanún, al norte de la Franja de Gaza. “¡Ayúdame, están por aquí!”, grita exaltado a su tío. Entre los dos, buscan la caja del mercado en la que, cuentan, tenían 2.000 shekels (500 euros) guardados. Hace pocos días tuvieron que huir por los continuos bombardeos israelíes. El único objeto reconocible es la nevera de los helados que ha aparecido diez metros más lejos. “Lo hemos perdido todo, nuestra casa, nuestro negocio… No sé que vamos a hacer ahora”, lamenta Basel entre sollozos.

 

Los residentes de Beit Hanún caminaban hasta este barrio en el norte de la Franja de Gaza. Familias enteras deambulaban por este barrio fantasma, uno de los más castigados por el ejército israelí. Hoy a penas se escuchaban lloros, gritos y lamentos de desesperación. Unos y otros descubrían lo que quedaba de sus casas, de sus pertenencias, de sus recuerdos… La mayor parte de las viviendas han perdido las paredes, otras están partidas por la mitad o sepultadas bajo un cráter. Hombres y mujeres caminan sobre los escombros. Cubiertos del polvo gris en el que se ha convertido sus casas, recogen mantas, almohadas, la bombona de gas o ropa para pasar los días que quedan de bombardeos.  


“Hace 10 días recibí una llamada del ejército”, dice Basel mientras sostiene una cesta de ropa sobre su cabeza, “nos dijeron que abandonáramos la casa porque la iban a bombardear. Es la primera vez que veo mi casa hecha pedazos…”, cuenta Basel con los ojos llenos de lágrimas. “He estado buscando los documentos de mi familia y mi dinero, pero todo ha desaparecido”. Desde hace días, Basel se hospeda en las escuelas facilitadas por la UNRWA (La Agencia de Naciones Unidas para Refugiados Palestinos), pero durante los últimos días, también han recibido ataques de las tropas israelíes. “¿Dónde podemos ir ahora?”, se pregunta Basel.


En la calle Al Karama, dos burros sangran agonizantes en el suelo. Uno de ellos tiene un disparo en una de la pierna mientras se retuerce de dolor. Enfrente, una ambulancia calcinada cruza la calle y varias moscas revolotean sobre un charco de sangre. “Disparan a hospitales, a ambulancias, a mezquitas, no tienen piedad…”, dice un hombre que recoge los restos del vehículo. Cada minuto, un pedazo de algún edificio cae hasta el suelo, el barrio entero es víctima de la destrucción. Sobre los pocos muros que quedan en pie, puede verse carteles de mártires de la Yihad Islámica, por ejemplo un retrato de Hatem Nasir, muerto en los bombardeos de la guerra de 2012.

 

La fachada del Hospital de Beit Hanún también muestra las marcas de munición. Durante la pasada noche los tanques israelíes atacaron sus instalaciones mientras varios pacientes y personal médico estaban en el interior. Saher Hamad pasa frente al hospital junto a su motocicleta, “mi hermano murió en esos ataques”, cuenta con los ojos llorosos. “¿Qué podemos hacer? No estamos a salvo en ninguna parte. No es sólo mi hermano, todo mi país está destrozado”, cuenta Saher.


Pero los cazas israelíes y tanques también han acabado con el parque infantil de este barrio. Entre montañas de escombros puede verse lo que queda de una pequeña noria. Una mujer recoge una montaña de almohadas y colchones, “en las escuelas de la UNRWA no tenemos suficientes cosas y debemos prepararnos para los siguientes días”, dice a El Confidencial mientras levanta piedras con la ayuda de un palo. Walaa encuentra su antiguo baúl y saca los restos de las fotografías de su familia. “He perdido a mi marido y a mis dos hijos. Esto es lo único que me queda de ellos”, cuenta Walaa mientras abraza las fotos.


Fidaa ha pasado la noche entera dentro de su casa de Beit Hanún, a apenas 500 metros de la frontera con Israel. Lleva veinte días sin salir de su casa, ha presenciado todos los bombardeos a casas de sus vecinos. Afortunadamente, su casa a penas tiene dos ventanas rotas aunque el intenso fuego de artillería no le deja dormir durante la noche. “Escucho perfectamente el sonido de los tanques” cuenta Fidaa a El Confidencial, “los israelíes han estado disparando hasta el último minuto, justo antes de las 8 de la mañana antes del inicio de la tregua”. Junto a su padre, duerme desde hace días en el pasillo, el lugar más seguro de su casa.


Durante las doce horas de tregua, que finalmente se han extendido cuatro horas más, hasta las doce de la noche, las calles de Gaza han vuelto a recuperar la normalidad. El tráfico ha ocupado las vías principales, mujeres y niños llenaban las calles del mercado de Saha y se han originado enormes colas en los accesos a cajeros automáticos y bancos. Incluso la playa volvía a recuperar su actividad. Pescadores salían con sus barcas al mar y algunas familias decidían tomar un baño en la playa.


Pero las horas de tregua también han servido para rescatar a los múltiples cadáveres que hay sepultados bajo los escombros. Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, hoy se han encontrado al menos 132 cuerpos, por lo que la cifra de muertos en esta ofensiva ya supera los 1.000. Los heridos se cuentan por millares, según el último recuento hay más de 5.000. La situación en los hospitales también es de emergencia. El médico de Cruz Roja Mauro cuenta a El Confidencial que “de los 210 heridos que recibimos el jueves, 170 tuvieron que ser reenviados por falta de espacio”. El jardín de atrás se ha convertido en un improvisado campo de desplazados, donde decenas de familias buscan refugio en las que suponen que son las zonas más seguras.  

 

 

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