La minoría etíope de Israel se rebela

 

 

La grabación muestra a un joven israelí de origen etíope esperando en una calle de Tel Aviv. De pronto, un policía le aparta con empujones y le asesta varios puñetazos hasta que abate al muchacho en el suelo. La escena fue grabada por una cámara de vigilancia y acabó colgada en la web. Fue así como, en pocas horas, el vídeo se hizo viral y exacerbó a la comunidad etíope, desde hace años, víctima de abusos y humillaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Pero el caso de Damas Pakedeh no fue un hecho aislado y la población israelí de ascendencia etíope salió a las calles para protestar contra “varias décadas de racismo”. En Jerusalén marcharon más de 1.000 personas y, en Tel Aviv, tres días más tarde, unas 3.000. La policía, también allí, respondió con violencia, lanzando gases y cañonazos de agua contra los manifestantes. Mientras, la multitud gritaba “¡Medine Mishear!” (¡Estado policial!).

El caso de Yosef Salamsa

Entre las consignas se oía repetidamente el nombre de Yosef Salamsa, otra víctima de la brutalidad policial en marzo de 2014. “Estaba sentado en un parque con sus amigos”, cuenta a El Confidencial su prima Tehune, “cuando unos agentes se acercaron acusándole de haber realizado un atraco. Él levantó la mano y rápidamente le atacaron con porras eléctricas hasta que cayó inconsciente”, explica exaltada.

Después de arrestarlo, su prima relata una jornada de abusos, golpes y torturas en las dependencias policiales. “Cuando sus padres llegaron a comisaría lo encontraron atado de pies y manos en el suelo del parking… pensaron que había muerto”, recuerda. Tehune asegura que Yosef “era inocente” y que fue agredido por la policía sin que pudiera siquiera replicar. “Nunca volvió a ser el mismo”, cuenta esta joven de 30 años. El propio vicealcalde de su localidad dijo que la policía había “roto su espíritu”.

Así, cuatro meses más tarde, un día Yosef nunca volvió de su trabajo. Un helicóptero encontró su cadáver cerca de un acantilado. La versión oficial fue que Yosef se había suicidado pero, a día de hoy, la familia no ha tenido permiso para recuperar el cadáver. Tehune cree que el caso Salamsa fue fundamental ya que movió a los israelíes etíopes, por primera vez, contra la violencia policial. Dice que la reacción al vídeo de Damas Pakedeh les ha llenado de esperanza, “ya es hora de exigir nuestros derechos”, afirma.

El Baltimore israelí

La brutalidad policial contra los judíos etíopes es, desde hace años, una realidad en las calles de Israel. Los testimonios relatan palizas a la salida de una fiesta, inculpación de delitos no cometidos o persecuciones a altas horas de la madrugada. El profesor de la universidad Ben Gurion, Guy Ben-Porat, realiza un estudio sobre conducta policial: La Policía cree que todos los etíopes son criminales: Percepciones sobre la policía y conducta hacia los judíos etíopes de Israel. Guy cree que la “policía abusa de ellos porque son débiles y porque no tienen suficiente poder”, comenta a El Confidencial.

Y, efectivamente, así lo reflejan las cifras. El 40% de los reclusos jóvenes en las cárceles israelíes son de origen etíope, una comunidad que apenas representa el 2% (135.000) del total. Igual que ocurre en Baltimore (Estados Unidos) “hay un grupo que es clasificado por su color de piel”, explica Guy, “y los agentes se permiten ser más violentos con grupos que se perciben como débiles o que parecen ser más problemáticos”.

Él apunta a que “el modo en el que la policía trata a los ciudadanos es un reflejo de la sociedad”, asegura, “el racismo está en todas partes, ésta es una sociedad jerárquica que se encuentra fuertemente dividida”. Según cuenta, la discriminación surge dentro de una población especialmente heterogénea, como la israelí, con grupos migratorios de culturas muy diversas. “Este tipo de hechos muestran que la integración ha fracasado”, sentencia Guy.

Una integración fallida

La familia de Salamsa, que ahora encabeza todas las protestas contra la brutalidad policial, es el claro ejemplo de una familia inmigrante llegada de Etiopía. Los padres no hablan hebreo ni tienen empleo, mientras que Tehune trabaja, de forma temporal, en unos grandes almacenes. Ella llegó a Israel con cuatro años, en la primera ola migratoria de 1984, la operación Moisés, en la que 7.000 etíopes desembarcaron en la Tierra Prometida. Por aquel entonces el gobierno les reagrupó en barrios, “un trato diferente que ha terminado por fomentar la exclusión y la creación de un gueto desde el principio”, apunta Tehune.

Pero para comprender este complejo de “israelíes de segunda”, es necesario recordar el trato diferente que recibieron desde su llegada. En 1973 el Rabinato israelí decidió que esta comunidad tenía raíces bíblicas en el país y que podía comenzar la migración. Sin embargo, cuando aterrizaron en 1984, se les obligó a recibir un bautismo simbólico para reafirmar su dudosa “judaización”. Incluso, los hospitales rechazaron sus donaciones de sangre porque pudieran estar infectadas de VIH. Además, durante años agentes sanitarios inyectaron anticonceptivos a las etíopes en contra de su voluntad.

Así, esta comunidad ha vivido desde el principio excluída y, como consecuencia, lidera las tasas de pobreza del país. Según un Informe realizado por el Brookdale Institute de Jerusalén, el 35% de ellos no tiene empleo, frente al 26% del resto de la sociedad; además, el 49% de los menores vive en situación de pobreza; o el salario medio para ellos es un 33% inferior.

Inmigrantes “con privilegios”

Pero aún así, los etíopes siempre han contado con ayudas que nunca obtuvo otra comunidad inmigrante, como la soviética. El Estado lleva dos décadas impulsando proyectos de integración en educación, vivienda y ejército: cursos de preparatoria para hacer el servicio militar, ayudas económicas para la educación superior, o los incentivos a la vivienda. El proyecto aprobó la concesión de 200 hipotecas para que parejas jóvenes se mudaran a barrios mixtos, aunque sólo se aprobaron dos debido a su bajo poder adquisitivo.

Pero este colectivo, a diferencia de otros grupos marginados, como los palestinos,  tienen el mismo estatus que el resto de israelíes y quieren formar parte de la Estado judío. De hecho, tras los incidentes de la semana pasada, los líderes no tardaron en salir a mostrar una postura más conciliadora. “Hemos fracasado en ver y escucharos”, declaró el presidente Rivlin. Incluso, Netanyahu corrió a hacerse la foto con el joven Damas Pakedeh. Y es que Israel, un país con ya de por sí intrínsecas divisiones internas, no puede permitirse un nuevo frente que combatir.



 

 

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