Cultivo de Opio en el Sinaí:

Los beduinos, adictos de la flor de su cosecha

Península del Sinaí, Egipto

 

A primera hora de la mañana, mientras toma el primer té del día, Sheikh Mohamed rebusca en el bolsillo su gran bola de opio. Con una cuchara, mezcla cuidadosamente la viscosa pasta marrón dentro del vaso. “Me gustaría dejarlo pero, si no tomo ofium al comienzo del día, siento un intenso dolor en todo el cuerpo”, cuenta este Sheikh muy conocido entre las tribus beduinas del Sinaí. Ataviado con la galabiya tradicional (traje largo de hilo) y con un manto blanco sobre la cabeza, Mohamed se confiesa adicto crónico al “rey de los narcóticos”. Consumió por primera vez hace 8 años, pero el opio es muy adictivo y tiene un fuerte arraigo entre los hombres de la zona. “Cuando estoy colocado puedo practicar sexo durante más de una hora”, explica, “el opio me hace ver a las mujeres viejas como si fueran adolescentes”.


El sol se asoma entre las rocosas montañas del sur del Sinaí, el valle Firan se ilumina de colores ocres y rojizos. La tierra infértil domina el horizonte, el paisaje descuidado lo forman una mezquita, una pequeña escuela rodeada de escombros y varios caminos sin asfaltar. El pequeño asentamiento de Wadi Firan da cobijo a 15 familias beduinas, todas ellas viven íntegramente del cultivo de opio. Cada vivienda cuenta con un pequeño huerto, un rebaño de cabras y un patio exterior de gravilla. La tribu Muzaina es la más numerosa en la región, su actividad económica siempre ha estado relacionada con el turismo y con el tráfico de estupefacientes. Pero el estallido de la revolución de 2011 arrasó el sector turístico y dejó a los beduinos de Santa Catalina siervos de la Papaver somniferum.


Om Salama (madre paz) es “la mujer más vieja del valle”, la más sabia de la tribu. Mientras los hombres trabajan en el campo ella cuida de sus 25 nietos y cose retales de ropa con el resto de mujeres. “No tenemos elección”, cuenta mientras coloca el manto oscuro sobre su arrugado rostro, “la única forma de ganar dinero es mediante la producción de opio. Nuestra tierra no es fértil y no tenemos un sistema de irrigación adecuado para cultivar especies como el tomate, la berenjena o la patata”. Las mujeres lo utilizan con fines medicinales, para calmar dolores o para combatir el frío. Sin embargo, la mayor parte de los hombres, jóvenes y adultos, sufren una fuerte adicción y lo consumen a diario como parte de su rito social.  


Ahmad y Awad, dos agricultores que gestionan la tierra, abandonan el valle para dirigirse a los cultivos. A los pocos minutos cogen un desvío en la carretera y conducen varios kilómetros sobre la arena. De pronto, una enorme explanada se abre entre los pedruscos. Es el valle del Azafrán, la mayor plantación de opio en toda la península del Sinaí. 1.500 metros de parcelas verdes que contrastan fuertemente con la tierra árida que la rodea. “Hace 3 meses que realizamos la siembra”, dice Awad mientras mastica un pellizco de opio marrón, “si el ejército egipcio no descubre este terreno, la flor saldrá en abril”. Cuando caigan los pétalos, ambos harán varios cortes en el fruto para obtener la leche opiácea. “Si tenemos suerte produciremos 5 kilos de resina”, explica Awad con una sonrisa de satisfacción, “los traficantes nos darán 87.500 libras egipcias (12.560 dólares). El 35% es para las familias propietarias de la tierra y el 25% se reparte entre los trabajadores. El resto es para nosotros”.


Pero los beduinos del Sinaí mantienen desde hace décadas una pugna de poder con las autoridades egipcias. Hace 12 días la policía visitó el valle del Azafrán y arrancó varias cosechas. Ramadán, un campesino de 42 años, dice que varios hombres armados vigilan la entrada al valle. “Si alguien viene nos llaman por teléfono y salimos corriendo”, explica mientras riega alegremente los tallos que le alcanzan la rodilla. Ramadán ha tomado su cucharada de opio por la mañana, su mirada adormecida explica que sea más agradable de lo habitual. Durante los 6 meses que dura la cosecha duerme en la pequeña cabaña del huerto. Antes era conductor de turistas, pero el sector ya no da suficiente dinero. “Ganaré unos 10.000 EGP (1.436 dólares) al final de la temporada, con lo que mantendré a mi familia durante todo el año”. Según cuenta, empresarios ricos viajan desde El Cairo para recoger la resina producida, que luego sintetizarán en heroína o venderán a laboratorios para la elaboración de distintos fármacos. Pero Ramadán no quiere dar nombres porque “la ley beduina es muy estricta y si hablas más de la cuenta te queman la lengua con una vara de hierro ardiendo”.


La jornada llega a su fin. Ibrahim, un campesino cubierto con la kufiya, el pañuelo típico palestino, deja sus herramientas y enciende un fuego para calentarse a la caída del sol. Mezcla la pasta de opio en su vaso de té mientras comenta con orgullo, “toda mi familia está en la lista negra por tráfico de drogas”, confiesa, “mi abuelo introdujo cinco toneladas de hachís desde El Líbano en una lancha a motor”. Entrada la noche, sus compañeros Omar y Yusef machacan el yuruz, los restos de la planta de opio seca que beben mezclado con agua. Ibrahim hecha más leña al fuego y espeta con la mirada perdida, “apenas podemos comer con lo que ganamos. Hacemos ricos a los grandes traficantes y a las compañías farmacéuticas y nosotros vivimos rodeados de miseria”.

 

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