Coleccionistas de arte compran piezas exclusivas al Estado Islámico

Erbil, Kurdistán Iraquí.

 

En las cercanías de la ciudad de Manbij, en el norte de Siria, el agricultor Fadi labra sus pequeñas parcelas de tierra. Con la ayuda de una azada remueve el cultivo y prepara el campo para la siembra. De pronto, la pala tropieza con un objeto rígido y Fadi descubre una tumba milenaria bajo los terrenos de su granja. El humilde agricultor se frota las manos, encuentra varias vasijas, monedas y distintas riquezas junto a los restos. Pero el hallazgo no tarda en llegar a los oídos de los muyahidines del Estado Islámico, que pronto visitan a Fadi en su casa. Sin mediar palabra, desentierran el tesoro aprisa y desaparecen con el botín, para venderlo días después a los traficantes de arte y apropiarse así de todas las ganancias.  


La población civil de siria, el propio régimen, o los grupos yihadistas, todos ellos conocen bien los tesoros que albergan sus tierras. Y es que la Siria moderna descansa sobre el yacimiento arqueológico antiguo más extenso del mundo (como Irak o Egipto). Desde el norte hasta el sur, bajo sus tierras se esconden restos y piezas únicas de la antigua Mesopotamia, del período romano helenístico, de la Grecia bizantina o del arte islámico. Como dicen los arqueólogos, “sus tierras son como un mar de antigüedades. Cualquier ciudad o pequeño pueblo está construido sobre un emplazamiento arqueológico y todos los sirios conocen la localización de estas maravillas de la antigüedad”.


Es por esto que el Estado Islámico, el grupo terrorista más rico y más sanguinario en la actualidad, está financiando sus actividades con el contrabando de monumentos, restos artísticos y arqueológicos que subyacen en las tierras de Siria. Ciudades como Apamea, Ebla o Raqqa han sido completamente saqueadas. Las imágenes muestran tierras repletas de agujeros, museos desvalijados o ciudades subterráneas que han perdido todas sus reliquias milenarias. Los combatientes yihadistas han erigido, incluso, sus propias excavaciones. Como en la ciudad de Hasaka, donde una bandera negra custodia la colina donde realizan las obras de extracción ilegales.


Los "arqueólogos" del Estado Islámico


El “pillaje artístico” se extendió entre los vecinos de varias ciudades sirias durante los primeros años de la guerra. La ruptura del Estado y el colapso de la autoridad crearon un vacío de seguridad idóneo para que malhechores, oportunistas o vecinos de los enclaves asaltaran con palas los lugares donde se creía que estaban los tesoros enterrados. “Muchos miembros de mi familia han recurrido al robo de antigüedades para sacar algo de dinero. Si no hiciéramos esto, nos moriríamos de hambre”, le contaba un residente de Deraa al arqueólogo sirio Amr Al Azm, director de la Fuerza Especial del Patrimonio Sirio (Syrian Heritage Tark Force), un grupo que intenta proteger el patrimonio que está en riesgo a través de talleres a profesionales sobre el terreno.


“Cuando el ISIS (El Estado Islámico de Irak y Siria por sus siglas en inglés) invadió parte de Siria, el pueblo ya llevaba tiempo robando piezas en lugares arqueológicos”, cuenta a El Confidencial Amr Al Azm. Al imponer su autoridad se dirigieron a la población y les dijeron, “de acuerdo, podéis seguir saqueando arte con una condición: tenéis que pagar una parte proporcional, es decir un impuesto, al Estado Islámico”, explica Al Azm. Este impuesto se basó en la idea de khums, un quinto (incluido en la sharia o ley islámica), que suponía un 20% de los beneficios totales. Así que los yihadistas visitaban a diario las diferentes excavaciones ilegales donde recogían “el impuesto de los saqueos”, y así recaudaban fondos para financiar sus actividades.


Sin embargo, aunque Al Azm asegura que no hay datos oficiales y que es imposible calcular el beneficio económico (se estima que el contrabando ilegal de arte mueve 3 billones de dólares anuales) pronto el ISIS comprendió que era un negocio muy lucrativo y  decidieron monopolizar el proceso íntegro de pillaje. Así, prohibieron a los vecinos acercarse a los trabajos arqueológicos. “Desde el verano pasado, están contratando su propio personal, comprando su propia maquinaria, tienen sus excavadoras y están trabajando ellos mismos sobre la tierra”, revela Al Azm. “En mi opinión, si han decidido invertir en este negocio es porque el margen de beneficio es lo suficientemente importante como para que unos combatientes yihadistas se pongan a traficar con arte”, asegura Al Azm.


De ilícito a lícito: Venta en el mercado de arte internacional


Una vez sacados los tesoros a la luz, los yihadistas se ponen en contacto con traficantes de arte o intermediarios (sirios o turcos) que viajan hasta el territorio del EI y compran en metálico las monedas, vasijas, esculturas, mosaicos, bisutería… “Podemos estar hablando de cualquier cosa”, cuenta a este periódico Michael Danti, un arqueólogo americano que ha trabajado durante veinte años en Siria. Normalmente las piezas salen del país por varias fronteras: la del Líbano, la de Jordania o, fundamentalmente, la de Turquía. “Una vez fuera, los traficantes esconden el material durante algún tiempo”, dice Danti, “hasta que, después de 3, 4 o 5 años estalla una nueva crisis internacional, que distrae la atención de las autoridades, y entonces los traficantes comienzan a introducirlas muy lentamente en el mercado. Por ejemplo, es ahora cuando estamos viendo en el mercado piezas robadas en Irak hace 10 años”, explica Danti.


Mientras esperan el paso del tiempo, los intermediarios distribuyen una pequeña parte de estas reliquias en ebay o en otras páginas de venta online. Otros objetos van pasando por distintas manos hasta que terminan en subastas de arte, después de haber falsificado los lugares de procedencia. “El lavado de arte es necesario para una venta oficial”, explica Danti. “En Siria hay patrimonio del período clásico griego y romano que podría pertenecer a cualquier país del Mediterráneo”, y así, al cambiar los certificados de procedencia, no se alerta a las autoridades. Una pequeña parte, explica el arqueólogo, puede terminar en museos oficiales. “Pero la mayoría de lo saqueado hoy en día en Siria se hace por encargo”, cuenta, “el intermediario tiene una red de compradores internacionales, que le piden, por ejemplo, un mosaico bizantino (una de las piezas más deseadas que se vende por varios miles de dólares)” y que termina en manos de coleccionistas privados millonarios de Europa, generalmente de Francia y Alemania, de Estados Unidos o de países del Golfo.


Jugarse la vida para proteger una ciudad milenaria


“Cuando se pierde un lugar arqueológico, desaparece para siempre. No se puede recuperar. Es como cuando un ser vivo muere, no puedes devolverle la vida”, dice el arqueólogo Cheikhmous Ali que, desde Estrasburgo, ha establecido una red de informadores en Siria que le ayudan a documentar la “sistemática destrucción del patrimonio”. En uno de sus vídeos, un joven muestra la ciudad milenaria de Ebla, del año 3.000 antes de Cristo, mientras cuida de los pocos restos que quedan entre las ruinas. Durante las noches, este joven pone su vida en peligro mientras protege la entrada a la ciudad antigua y ahuyenta a los bandidos que intentan hacerse con las tablillas cuneiformes (Textos de Ebla), únicas en el mundo. Otra de las fuentes con las que la Asociación de Protección de la Arqueología Siria (APSA) prueba la extinción de su arte es a través de las imágenes conseguidas vía satélite, donde se puede comprobar las miles de perforaciones sobre la tierra que se han ido realizando durante los últimos años.


Sus bases de datos muestran fotografías y vídeos de cientos de lugares históricos destruidos, también, por las continuas hostilidades. La ciudadela de Alepo y el castillo son utilizados por el régimen como un puesto de defensa que recibe tiros y bombardeos a diario, las ruinas de Palmira han sufrido los daños de numerosos combates o, según explica Cheikhmous a El Confidencial, “cuando comenzaron los bombardeos de la coalición, en el pueblo milenario de Dura Europos, el ISIS acudió a protegerse a las ruinas arqueológicas porque sabían que los americanos nunca bombardearían estos lugares de gran valor histórico”.


Pero el legado cultural y artístico del país representa mucho más para este conjunto de arqueólogos que luchan desde el exilio por denunciar la desaparición de su historia. “Una manera de reconciliar a las distintas facciones de la sociedad siria es identificar cuál es su denominador común, aquello que les hace ser sirios”, dice el arqueólogo Al Azm. “Por esto, el patrimonio antiguo y su historia común van a jugar un rol muy importante en el futuro proceso de paz”, explica. “Este patrimonio no es importante solo porque es historia y porque es precioso sino porque tiene un gran valor para nuestro futuro”.

 

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